lunes, 11 de octubre de 2010

Día 4: Arena, sal y barros

Si el primer día estuvimos en el cabo de Cavallería, hoy hemos ha vuelto a estar muy cerquita., en la playa que recibe el mismo nombre. Conocida y reconocida, en esta ocasión, y por ser septiembre, no estaba repleta, pero la belleza singular y sus barros, le hacen ser una de las preferidas del norte. Como buen hijo de vecino, fui con mi hermano y mi madre a trasformarnos en beduinos. No fue lo único, también disfrutamos de los fondos marinos y sus pescaditos.



Tras la siesta, siempre debe haber, aunque sea en un viaje, pusimos rumbo al punto más alto de la isla, el monte Toro, (361,6 metro). En su cima se encuentra el Santuario de la Mare de Deu de Toro (no había conocido antes una virgen con esta advocación), patrona de Menorca. Cuenta la leyenda que fue encontrada en el siglo XIII por unos monjes que vieron a un toro parado frente a un resplandor. El remate, desde este punto, es ver esconderse el sol tras los huertos, los prados y los bosques que mueren en el mar. Lo intentamos, pero las nubes este día no nos dejan.



Antes de llegar a Es Mercadal, un pintoresco pueblo que se encuentra equidistante entre Mahón y Ciutadella para reparar fuerzas visitamos Santa Galdana, una urbanización al estilo levantino cutre pero situado junto al majestuoso barranco d´ Algendar. Todo lo hermoso del paisaje se lo cargan los luminosos y moles de hormigón que lo rodean. Una lástima, pero por suerte, de las pocas excepciones de la isla.



En Menorca, a 6 de septiembre.

jueves, 7 de octubre de 2010

Día 3: Navegando por el sur de Menorca

El agua es el denominador común de toda isla que se precie, y hoy pretendíamos hacer uso de ella durante toda la jornada. Sobre ella fuimos navegando en un barco preparado para la ocasión que sale desde Ciutadella (hay dos empresas que realizan excursiones, Menorca Blava, la que elegimos creo con acierto, y Fiesta. Parten a las 10 horas, con regreso a las 17 horas, e incluyen paella y bebida, y en ambos casos el precio es de 40 euros).


Lo primero que pudimos ver es el cabo Artrutx, el punto más cercano de la pequeña isla respecto a su hermana mayor, Mallorca. Después observamos acantilados, a lo lejos playas de arena fina y como no, el agua, el gran protagonista, en todas las tonalidades, azul, celeste, turquesa…



Y para disfrutar del líquido elemento, realizamos el primer atraque en la playa de Son Saura. Si no están acostumbrados a estos colores, como nosotros, pasarán la mitad de la parada haciendo infinitas fotos y recogiéndose la baba, la otra mitad, en bañarse. Después de la rica paella, y tras dejar a un lado los bosques de pinos que se mimetizan a la perfección con la línea de costa, llegamos a Cala en Turqueta y a la “joya de la corona”, como conocen por aquí a Macarella (más famosa ahora si cabe gracias al anuncio de Estrella Damm rodado en este cala – Mediterráneo-). Son muy similares, una, la primera, más tranquila, la otra, la segunda, más ajetreada.



Para terminar el día acabamos en Fornells, a en el norte, a diez kilómetros de nuestro hogar menorquín. Obligatoriamente hay que dar un paseo por su puerto, visitar la torre, sobre todo por las vistas que se divisan desde ese punto, y si el bolsillo se lo permite, probar una caldereta en uno de los sitios recomendados por casi todas las guías de viajes. Como ya lo habíamos probado nos fuimos a una gran terraza, la que tenemos en caa y allí el menú fue pizza, ensalada y fruta. Y las vistas, en este caso, inmejorables.



En Menorca, a 5 de septiembre.

lunes, 4 de octubre de 2010

Día 2: Encontré el paraíso, se llama Cala Pregonda


En nuestra agenda imaginaria, poco precisa y flexible por eso de ser tiempo de descanso, hoy habíamos apuntado “día de playa”. Menorca tiene más de 100 playas y calas a lo largo de su amplio litoral, muy turísticas, vírgenes pero turísticas y, casi ninguna, virgen y desconocida, a pesar de que, por suerte, para acceder a ellas hay que hacerlo a pie, en bici, en barco o en caballo.


En el norte, a un paseo de unos treinta minutos de Binimel-lá, está la cala, de nombre Pregonda que recibe de un pequeño montículo de tierra que se asemeja a un monje rezando. Al lado, al este, esta la playa, y a su derecha, mirando al mar, la cala. Las dos son de arena gruesa, aguas cristalinas y alguna roca con un bonito fondo marino para entretenerse buceando. Pero si esto es ya de por si una maravilla, la composición se completa con el entorno de pequeñas montañas salteadas de pinos que hay que atravesar para llegar hasta allí por un antiguo camino de caballos. Como me dijo un amigo catalán que viene mucho por esta tierra: “es un paisaje de otro planeta”.


Después del perceptivo baño de agua dulce, primero en la piscina y, luego, en la ducha, nos dirigimos a Ciutadella, la segunda ciudad más importante de la isla, situada al oeste de la misma. Hasta la llegada de los ingleses, si no recuerdo mal allá por el siglo XVIII, Ciutadella fue capital en detrimento de la actual Mahón. El pequeño pueblo marinero es resultón a primera vista, enamora. Por un lado el puerto y sus atraques, que se sitúan casi en el centro de la villa; por otro los restos de muralla; en otra parte, bien colocado, el ayuntamiento y la desproporcionada catedral; súmenle a eso un bullicio controlado por sus calles, pequeños detalles que no deben dejar escapar (la edificación y los remates al estilo menorquín, en pomos, ventanas y puertas, la cabra de la Legión en una columna antes de llegar a la plaza Nueva, los arcos encalados que conforman los soportales, etc.) Y para quien guste, tiendas a docenas, vendiendo abarcas. Para comer, si tienen paciencia, y algún fondo en la cartera, el Baleares. Una opción más económica y con buena calidad precio es el Tritón.

En Menorca, a 4 de septiembre de 2010.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Día 1: La luz que guía

Cuando uno se despierta escuchando las olas del mar, entre el sueño y la realidad parece no haber distancias. Nuestro alojamiento durante estos días, Casa Iris, en Arenas d´ en Castell, goza de esa inmensa suerte. Una gran terraza ofrece unas inmejorables vistas, eso de día, de noche, el espectáculo de las estrellas y la luz tenue e intermitente del faro de Favaritx, recrea la magia en este rinconcito del norte de la Isla. Nada más ver esa luz e imaginar naufragios, noches en vela del farero, y tantas y tantas historias que acompañan a estas edificaciones, quise acercarme a ella, al origen de todo.


Por la mañana, antes de visitar el faro de Favaritx, hicimos una parada en otro, el de Cavallería. Éste está situado en el cabo del mismo nombre. Sus vistas recrean bien el paisaje del norte de Menorca: montes ondulados completos de manzanilla, carrizo, etc e hileras de piedras afiladas por la erosión y la acción del mar. Es fácil relajarse con este paisaje; bueno, a no ser que uno se meta en una cueva que hay a la izquierda del faro mirando al mar, que desemboca en una pequeña ventana con vistas al horizonte. ¡Coño! Es lo primero que te sale al verlo, siendo gráfico y con perdón de la expresión, así que queda bautizado el elemento como la Cueva del coño, dixi.


Las distancias en la Isla no son muy grandes (no más de 50 kilómetros entre Mahón y Ciutadella, las ciudades principales más equidistantes) y a da tiempo, antes de comerse una auténtica calderería de langosta, a ver Na Macaret, un pueblo que tiene como plaza mayor una playa. Y después, lo dicho; en Cap Roig, un magnífico restaurante situado en Cala Mesquida, nos sacaron la langosta que más tarde saborearíamos en este plato elaborado con un sofrito de cebolla, tomate, ajo, perejil y el manjar marino. No digo yo que cuando la langosta abundaba el plato no fuera un guiso típico, pero ahora, por el precio, ya se ha pasado tres pueblos, y una sopa, que al fin y al cabo es lo que es, por mucha seda que se ponga, no puede costar eso (el precio de la langosta está 150 euros aproximadamente y para hacer una caldereta para cuatro es necesaria por lo menos una de un kilo). A pesar de ello, si quieren darse un capricho, vayan a este rincón culinario, parada obligada de las familias menorquinas los fines de semana y días de fiesta.


La tarde la empleamos en ver la antigua prisión de La Mola, Es Grau y el resto del Parque Natural de s´Albufera des Grau y Cabo de Favaritx. Precisamente en este cabo está el faro que recibe el mismo nombre. La soledad del paisaje, el suelo de pizarra y la luz fanal, le dan a este espacio un aurea distinta. Las horas pasan de otra manera a este lado del Mediterráneo.



Y para ir terminando, una fugaz visita a Es Mercadal para disfrutar de los dulces que despachan en Cas Sucrer, la más reconocida pastelería (ya totalmente industrializada) de la Isla.

En Menorca, a 3 de septiembre de 2010.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Día 0: Volando a lo que dicen es el paraíso

Ya hace unos años que no viajaba con la familia. Lo que cada verano habíamos instaurado como sana y agradable costumbre, hacer un viaje por España, los compromisos y el trabajo fueron dando al traste con ello. Pero este año he retraso mi descanso estival y, una vez conocido el destino, Menorca, no podía negarme ni un solo segundo.

Para llegar a la Isla, reserva de la Biosfera por la UNESCO desde 1993, se puede usar las múltiples conexiones aéreas de decenas de aeropuertos españoles o, en su defecto, el barco. La que mejor relación calidad/precio ofrece es Vueling. Como siempre, si desde donde sale es el sur de España, las cosas se complican. Lo mejor, en este caso, es enlazar con Madrid, Barcelona o Mallorca.


Sea como sea, los días en Menorca apuntan alto, a pesar de que las multinacionales se empeñen en fastidiarlo. Primero, en la mañana, Vodafone, con la que ando liada desde hace un par de meses por sus abusos y fallos reiterados en las facturas, después con Ryanair (vuelo Sevilla-Barcelona y vuelta) con sus estrictas medidas que ya todos conocemos y su esperpento continuo antes, durante y después de volar; y por último, para rematara, la empresa de alquiler de coches Hertz, que nos cobró, a la llegada al aeropuerto de Mahón, con nocturnidad y alevosía, un extra de 40 euros por llegar fuera del horario de oficina a pesar de ser una causa ajena a nuestra voluntad por la demora en el horario previsto del avión en el que viajábamos. Al robo a mano armada le han puesto de título “tasa extra de horario”. Estos ladrones, los de las empresas multinacionales, van a cara descubierta y delinquen sin vergüenza alguna. Se lo advierto, ¡tengan cuidado!

En Menorca, a 2 de septiembre de 2010.


lunes, 30 de agosto de 2010

Día 4: A cuatro metros de la playa


El día empezó temprano, con un desayuno al sol croata en la terraza de nuestra hospitalaria familia balcánica. En pocos minutos llegamos al Parque Natural de Plitvicka Jezera, un torrente de naturaleza para unos chicos de ciudad. Ni lo más fresco, limpio y puro se libra del sello del dinero, pues la entrada ronda los 15 euros, ofreciéndose diferentes rutas para a visita, dependiendo del tiempo que se pretenda emplear en recorrer este mastodóntico pulmón croata, de imprescindible visita.


El interior dio paso a la costa. Con Trogir como zona de referencia para acabar el día, iniciamos una travesía por la Costa Adriática. Llegamos a Zadar, ya levantada del duro castigo que le inflingió la Guerra de los Balcanes, en gran parte por su condición geográfica, que la convertía en un punto estratégico de interés.


En Zadar cumplimos nuestra ineludible cita con la zona azul e iniciamos una fugaz visita, en la que, en determinados puntos, competimos por el metro cuadrado con el turismo. Las señas de identidad de Zadar son la Iglesia de San Donato, de arquitectura medieval, y un paseo marítimo utilizado casi como playa, en el que se percibe un cierto afán de notoriedad al reflejar una frase del director de cine Alfred Hitchcock, en el que se vende como reclamo de la ciudad una loa que pronunció el genio británico acerca del atardecer de Zadar. La guinda al paseo marítimo la ponen unos agujeros aprovechados para que gracias a los movimientos del mar se cree una agradable melodía musical, que llega a desconcertar si no conoces al truco.


Nos quedamos camino a Trogir, pues pasamos la noche en el cercano Seget Vranjica, en el que hicimos gala de muestras habilidades para negociar y logramos, tras declinar el alojamiento local, una habitación doble a buen precio. Le Ley de Costas está por descubrir en Croacia, ya que nos quedamos a cuatro metros contados de la empedrada playa de la localidad, celebrando nuestro buen hallazgo con un baño con las últimas luces del día.

martes, 24 de agosto de 2010

Día 3: Durmiendo con croatas

Sabíamos donde empezaríamos el día, pero no donde lo acabaríamos. Esta era nuestra primera noche sin hotel, en que nos despertamos en la capital croata, Zagreb. El calor nos dio los buenos días desde muy temprano y con el bochorno como acompañante emprendimos nuestra primera e indispensable misión del día: recoger nuestro coche de alquiler, un Skoda Fabia que nos haría el viaje más fácil.


Zagreb es una ciudad monumental, abarcable en poco tiempo, con historia y curiosidades que despiertan la curiosidad del viajero. Bien señalizada, un coqueto tranvía recorre su zona céntrica, teniendo como uno de sus puntos álgidos la plaza Jolic Jelic, presidida desde una altura superior por el mercado, dolac, para los croatas, en el que las sombrillas de los tenderos se han tornado en todo un reclamo turístico. No hay que irse muy lejos para encontrarse con la Catedral de Santa Stjepana, de estilo barroca y que no sólo es de uso turístico, puesto que el pueblo croata realiza culto con más frecuencia que el español. Llamativo y hasta cierto punto simbólico resulta el arco de Kamenita Vrata, en el que se puede encontrar una capilla en plena calle, con sus bancos y todo.



El turistas asiático se ha hecho con las calles de Zagreb y retratan la ciudad entre la más alta tecnología, el más claro ejemplo una familia de Hong Kong que conocimos. Una matrimonio con sus dos hijos y cada uno de los miembros iba equipado con su propio equipo, el de unos fotográfico, el de otros de vídeo.


La Iglesia de Santa Marka despertó nuestra admiración debido a su techo policromado, en el que quedan reflejados los escudos de armas de Zagreb y de Croacia. Tras el paseo llegó el momento de reponer fuerzas y lo hicimos en una bonita plaza, donde elegimos uno de los restaurantes de la cadena VIP, en la que disfrutamos de la compañía de Rafa Nadal, que iba camino de su segundo Wimbledon. Nos extrañamos del tiempo de asueto de los profesionales de la hostelería en Croacia, muchos camareros, que no disimulaban su aburrimiento mientras comían, bebían y fumaban en su horario laboral, casi como si fueran unos clientes más.


Salimos de Zagreb en dirección a no sé sabe dónde. En la oficina turística nos recomendaron la localidad de Rastoke y que gran consejo. Este pueblecito, situado en la comarca de Slunj resulta imprescindible a la hora de visitar Croacia. Rastoke es todo un paraíso natural, por el que se accede a través de un puente que parece sacado de Indiana Jones. Riachuelos, cascadas y el verde instalado en la retina, en medio de ese frescor y sensación de liberad que sólo hace posible la naturaleza en estado puro.


Partimos hacia el Parque Nacional de Plitvicka jezera, con la intención de encontrar alojamiento en el camino. Nos atrevimos a dormir en casa de una familia croata, algo de lo más habitual y que se ofertaba cada 50 metros en la carretera. Todo legalizado, tomaron nota de nuestros datos, pasaporte en mano, pagamos unos 13 euros y pudimos gozar de baño y habitación con vistas. La familia demostró su hospitalidad invitándonos a dos chupitos de una bebida típica.

sábado, 14 de agosto de 2010

Día 2: Entre el lago de Bled y las fronteras

Tras el buenos días, le damos el hasta luego a Ljubiana. Abandonamos la capital por unas horas para dirigirnos hasta a Bled, que a sólo 50 kilómetros ofrece un magnífico lago, rodeado de un idílico entorno verde muy bien explotado turísticamente. Piscinas artificiales y barcas de alquiler, estas últimas con un claro objetivo, llegar a la isla que lo corona.


Nosotros, valientes, sin las mínimas nociones de remo, alquilamos una barca e hicimos ostentación de torpeza, para no conseguir llegar a la isla central. Tras atentar contra la cerveza mezclándola con limón y uva, regresamos a Ljubiana. Paseo vespertino por la capital eslovena y cena a la europea, por la hora, 19:30 horas. Nos pusimos hasta arriba, con carnes variadas, quesos y verduras para sumir la cuenta escuchando los acordes del himno español, ya que la ‘Roja’ se enfrentaba a Paraguay en cuartos de final del Mundial.


A las 21:15 partimos, en tren, hacia Zagreb. Durante el trayecto, tres sobresaltos: Una llamada, España ya está en semifinales; frontera eslovena: “Pasaportes, ¿españoles? Es que no os gusta el fútbol?; frontera croata: “Pasaportes, ¿os pongo el sello? Zagreb nos recibe calurosa y bulliciosa. Previa caminata, llegamos al Hotel Fala, que nos acoge exhaustos.

viernes, 6 de agosto de 2010

Día 1: Ljubiana, toda una capital europea

Café, tarjeta de embarque y equipaje de mano. Salimos de Sevilla en dirección a Barcelona, desde donde cogeremos el vuelo a Ljubiana, antes pasaremos seis de espera en El Prat. McDonald’s, Pans & Company y un acogedor solar se convierten en nuestros aliados durante este tiempo. Últimos adioses vía telefónica y salida hacia Eslovenia.



Un aceptable clima nos recibe en Ljubiana. En el trayecto del aeropuerto a la capital, nos percatamos del buen nivel de vida del esloveno, abundan las viviendas unifamiliares de varias plantas, generosas dimensiones y, normalmente, con parcela ajardinada, que dan la sensación de estar blindadas al stress. Ya en la ciudad, nos llama la atención el diverso look de los jóvenes, entre el atrevimiento y la homogeneidad.


Llegamos a nuestro destino, el Hotel Park. Muy digno, pero sin bidet, todo un clásico. Salimos a conocer la zona céntrica tan pronto como podemos, sobre las 20:50 horas. A lo largo de nuestro paseo contamos con la compañía que nos proporciona el partido de cuartos de final del Mundial entre Uruguay y Ghana, que los eslovenos siguen con gran expectación en las múltiples terrazas en las que relajarse en el epicentro de Ljubiana.


La ciudad goza de un bonito casco histórico, que se ve favorecido por el buen aprovechamiento del río. Calles comerciales con las mejores marcas, curiosas propuestas y atractivos locales, junto a una arquitectura que se fundió con el anochecer.



Para la cena, un lugar típico, una gostilna y de postre un exquisito helado, que parece toda una tradición en la ciudad.

lunes, 2 de agosto de 2010

Día 6: La maravilla que fue, dejó de serlo, volvió y se esfumó


Después de Ston, la tarde anterior intentamos estirar el día para alcanzar Korcula, que además de tener una cuidada zona medieval, es el lugar de nacimiento de Marco Polo, pero la hazaña fue imposible. La noche se fue echando y el plan cambió para llegar pronto a Dubrovnik.



Antes del conflicto de la Guerra de los Balcanes (1991 – 1995), la ciudad era ya un referente por su historia y su belleza. Los bombardeos de los ejércitos serbios y montenegrinos destrozaron buena parte de la urbe. Tras el mazazo, volvió a resurgir, pero ahora es el desproporcionado turismo el que se come día a día lo que objetivamente es una zona monumental (la Old city) de gran valor en un enclave privilegiado.




Sea como fuera y luchando por no distraerse con las cientos de tiendas, terrazas y turistas ruidosos que pueblan sus calles, fuimos viendo las murallas que se levantan desde el siglo XII, sus iglesias y empinadas y coquetas calles.




Eso fue hasta el medio día. Por la tarde, comenzó la Dolce vita. Merecido tiempo para el descanso y el asueto. A solo cinco minutos de nuestro hotel (Hotel Lero, buena relación calidad – precio para lo que se despacha en la ciudad) estaba la calita natural de la que pudimos disfrutar. Solo había croatas, para ser más exactos jóvenes croatas. Saltaban desde las piedras, jugaban en la orilla, buceaban por sus aguas cristalinas o jugaban al waterpolo en una piscina natural construida para la ocasión (están formadas por corcheras y dos porterías y se repiten a lo largo de toda la costa). Precisamente este deporte nacional, fue el que quise probar con el beneplácito de los que estaban en ese momento jugando. Disfruté e incluso marqué un par de goles en territorio croata.




Después llegaría la victoria de España frente a Alemania que vimos junto a un grupo de compatriotas en nuestro hotel y más tarde, para celebrar el histórico pase a una final de un Campeonato del Mundo de fútbol de nuestra selección, fuimos a uno de los lugares más románticos que he conocido jamás, el Bar Buza; diez mesas colocadas entre el acantilado que da al Adriático y al que se accede desde la ciudad antigua. Ni cámara, ni descripción detalla alguna puede hacer posible transmitir ese momento de tranquilidad y paz que ofrecía el sonido de las olas y el cuadro repleto de estrellas que se situaba justo enfrente nuestra. Hay empezó la fiesta, se acabó un poco más tarde, sobre las 4.30 horas. A esa hora, casi completamente de día, aprovechamos para ver de nuevo la parte monumental de Dubrovnik, esta vez a solas. Si hay algún valiente lector que se atreva, esa Dubrovnik si le enamorará.

En Dubrovnick, a 7 de julio de 2010.