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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Día 18, 19, 20 y 21: Regreso a casa, Bangkok-Dubai-Berlín-Málaga-Sevilla



Tocaba el fin. El viaje, en mayúscula, empezaba a entrar en el tiempo de descuento. Era el momento de terminar de saborear el país que nos había acogido durante tres semanas. Todo lo que ahora sumáramos a nuestros sentidos sería más fácil de recordar cuando la nostalgia nos pillé allá cuando las nieves de invierno con abrigo, bufanda y una estufa calentita.




Antes de marcharse de la capital del caos decían las guías, incluidas las menos turísticas, que era obligado ir, por enésima vez en nuestra estancia, a un mercado. Para cambiar y alejarnos del bochorno de las calles de la capital optamos por una opción a caballo entre el mercadillo español tradicional, para que se hagan una idea, pero bajo techo, es decir, dentro de un centro comercial. Esa traducción casi inentendible se llama MBK y además de todo ello cuenta con una planta dedicada en exclusiva a la gastronomía internacional. Pero no era éste un epílogo para un viaje. Por eso decidimos encorajarnos para enfrentarnos de nuevo a Bangkok poniendo rumbo a la torre más alta de Tailandia, Baiyoke Tower, para ver el atardecer a 304 metros de altura. Ahora sí, fin del primer acto.



El segundo acto arranca muy temprano. Empieza un día eterno que se inicia en Bangkok continúa en Dubai y termina en Berlín. Dubai, la extensión antagónica de este viaje por los caprichos de las conexiones aéreas es, podríamos decir de forma breve y concisa, sorprendente. La sorpresa es la palabra que acecha en el consciente desde que una persona pones sus pies en este estado que conforma  (junto con otros seis) los Emiratos Árabes Unidos. Sorpresa por llegar en medio del desierto y no morir en el intento; sorpresa por, tras recorrer kilómetros de asfalto sin más, llegar a encontrar una ciudad de medidas gigantescas; sorpresa por subir al cielo (construido del mundo), el Burj Khalifa, a más de 800 metros de altura (si quiere visitarlo le recomiendo que reserve con antelación porque se puede ahorrar casi 50 $); sorpresa por ver a algunos trabajadores extranjeros seguir construyendo esta enorme mentira a 48 grados centígrados a plena luz del sol a las tres de la tarde y, para más inri, siendo alguno de los trabajadores musulmanes y estar en pleno mes de Ramadán; sorpresa por perdernos, con mapa incluido, en el centro comercial más grande del mundo (con gigantesco acuario incluido), el Dubai Mall; sorpresa porque todo aquello exista.




Y no se olvida tan pronto. Ni con aire acondicionado y poniendo kilómetros de por medio, pero el viaje continúa. En esa misma madrugada nuestro avión sigue ganándole distancia al mapa para acercarnos a nuestro hogar. Ahora la parada es bien distinta, Berlín, capital cultural y económica de la Unión Europea y lugar de tantas cosas. Por suerte, para no desafiar más a mi maltrecho cuerpo, ya conocía esta ciudad, y el ritmo fue de paseo tranquilo para refrescar los hitos monumentales e históricos con que cuenta la ciudad: muro de Berlín, Puerta de Brandenburgo, Unter den Linden, Parlamento, Isla de los museos, Alexandreplatz, etc.  



Penúltima parada. La siguiente ya está más cerca. Aeropuerto internacional de Málaga. Intentamos coger un tren hasta Sevilla pero están todos llenos. Nos vamos a la cercana estación de buses. Tenemos suerte. En media hora, el tiempo de tomarnos un bocadillo de tortilla, anhelado por nosotros, llegará el autobús que nos conducirá a Sevilla. Antes de que las maletas se acerquen al armario ya estamos soñando con nuevos destinos. Acaba de empezar otro viaje.



Entre Bangkok, Dubai, Berlín a 23 de julio de 2013.

domingo, 17 de junio de 2012

Día 1: Gdansk, capital española de Polonia

Una semana antes de que comenzara la Eurocopa de Polonia-Ucrania 2012 mi amigo y colega de profesión Juan Carlos Vélez me mandó un mensaje en el que decía que tenía dos entradas para el primer partido de nuestra selección contra Italia y que buscaba compañero de viaje. Antes de pensarlo, ya tenía el sí como respuesta.


A siete días de que comenzara uno de los eventos deportivos más esperados por millones de aficionados, la gesta de encontrar vuelos a un precio razonable se antojaba complicada. Para llegar a Gdansk desde España y de forma económica, todas las opciones pasaban, mal que nos pesara, por Ryanair, que tiene en el país polaco un buen número de vuelos operados por ellos. De forma directa es prácticamente imposible llegar, a no ser que se opte por Madrid con una compañía de bandera, así que puestos a elegir (Alemania, Inglaterra y Holanda son las mejores escalas) decidimos parar en Eindhoven. Esta ciudad situada al sur de Holanda, y recordada por los aficionados sevillistas (como mi amigo Juan Carlos) por ganar allí su primera Copa de la UEFA, es la quinta en población del país. Mezcla de tradición y modernidad, sus dos máximos exponentes industriales, Philips y DAF Trucks, han hecho de ésta una urbe que centra todo su potencial en el sector secundario. En poco más de 15 minutos (15 kilómetros) un autobús urbano os llevará a la ciudad, muy bien conectada con el remozado aeropuerto. Si hacéis escala, queréis visitar la ciudad y vais cargados de maletas, en el aeródromo inexplicablemente solo hay seis taquillas, pero en la estación central (final trayecto del bus) no tendréis problemas.


Ahora sí, y con la conexión que nos ofrecía la aerolínea húngara Wizz air, llegamos al Aeropuerto internacional Gdansk- Lech Walesa. Lo normal, cuando no hay Eurocopa, es que la línea 301 os lleve al centro en no más 20 minutos y por menos de 60 céntimos. En esta ocasión especial, los polacos se lo han currado y han puesto una línea directa totalmente gratuita para los aficionados.Ya estamos en Gdansk, nueva capital española de Polonia, uno de los países anfitriones de la Eurocopa 2012 junto a Ucrania. Toda la ciudad está teñida de rojo y gualda. Las banderas nacionales ondean por los autobuses, por los tranvías, por las aceras… el idioma universal aquí es el español. Nada, tan solo algún letrero extraviado por las calles, hace pensar que estamos en territorio extranjero.


Los polacos, en esta fiesta, son los primeros en hacernos sentir como en casa. Se desviven para intentar ayudar al turista, exceptuando, como todo hijo de vecino, al más listo de la clase: el empresario hotelero. Creían que iban a hacer se agosto pero para diez años y así les ha ido. No uno, ni dos, ni tres, sino una desgraciada mayoría, han trabajado con el overbooking. Por poner tan solo un ejemplo, el Hostal Baltic (muy poco recomendable). Allí nos tuvieron una hora sin alojamiento y, lo que es peor, sin solución. Hasta que una simple mención a la policía arregló por arte de magia el problema. Nos alojaron en el Przy Targu Rybnym , justo detrás del Hilton.


Para quitarnos el mal sabor de boca, nada mejor que un paseo al atardecer por la ribera del río. La luz de un día soleado, el ambiente que respiraba la ciudad y las ganas que teníamos, hizo el resto. Y para cenar, algo típico en el Restaurante Gadanski Bowka. De lo turístico, lo mejor. De lo auténtico, por el centro hay mucho más donde elegir.

En Gdansk, a 9 de junio de 2012