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sábado, 24 de agosto de 2013

Día 10: Aprendiendo la cocina tai (Baan tai)



Uno de los placeres de un viaje a Tailandia pasa, obligatoriamente, por la comida. Los tailandeses disfrutan con su rica y heterodoxa gastronomía, suma de culturas. Después de probarlo en sus miles de puestos callejeros y restaurantes, queríamos tener el placer de ser nosotros los que nos pusiéramos delante del wok y los fogones. Esta actividad, bastante extendida en el país, puede repetirse en cualquier escuela de cocina de las muchas que se reparten en las principales ciudades turísticas.


Acertamos con una de las propuestas que hacía la Loonly Planet, la escuela Baan Tai (700 bath ½ día – 900 bath 1 día completo). Primero una visita guiada, muy acertada, al mercado. Después explicación del proceso y los ingredientes y a cocinar. María José y yo nos separamos con la idea de hacer platos diferentes y a la vuelta poder deleitar a nuestros invitados con más exquisiteces tailandesas. La prueba salió más que victoriosa y además de poder comernos nuestros propios platos (Pha tai -os dejo un enlace a la receta en vídeo, sopa de coco con gambas, rollitos de primavera, curry, arroz en alguna de sus muchas variantes…), podemos decir orgulloso que estaban ricos.


Casi sin hacer la digestión pusimos rumbo al sur. Empezaba así un nuevo viaje, a las islas. Hay varias formas de llegar desde el norte hasta el sur: tren a Bangkok y después a las islas (14 horas + 10 horas), bus (más horas todavía) o avión. Lógicamente volar a Phuket en verano es una opción cara pero existen alternativas (casi siempre con Air Asia, la compañía de bajo coste asiático), llegar a Hat yai, un importante nudo de comunicaciones, con un aeropuerto que está a 3 horas de Krabi, un buen lugar para empezar a conocer las playas que dan al Mar de Andamán. En esta ciudad insípida, Hat Yai, se suma que en 2005 explotaron tres bombas a manos movimientos insurgentes musulmanes del sur de Tailandia, pero ninguno de los dos factores debería parar al viajero si con ello se ahorra un importante dinero.


En Hat Yai a 10 de julio de 2013.

viernes, 23 de agosto de 2013

Día 8 y 9: La jungla tailandesa nos espera



María José y yo nos despertamos con energía. Llega uno de los momentos más esperado del viaje, un trekking de dos días por el Parque Nacional de Doi Inthanon, donde se encuentra el punto más alto del país con 2.590 metros.


La ruta la organizan varias agencias de la ciudad (el precio varía entre los 1400-1800 bath) y verdaderamente merece la pena. Todo cambia según el tiempo pero la cosa suele ser así. Empezamos con un paseo en barcas de bambú para entrando poco a poco en la jungla tailandesa. A partir de aquí comienza la desconexión con el wifi, con la ciudad, con el mundo.


Tres horas de caminata a cualquier parte. Solo nosotros, un pequeño grupo de 10-12 personas. No nos cruzamos con más turistas; si acaso algún local trabajando en el campo. Paisaje espléndido, lluvia torrencial, bancales de arroz a nuestro paso, animales y animalitos (búfalos, tarántulas, etc.), árboles que no existen en nuestro conocimiento (piña, papaya, etc.) y la satisfacción del contacto con la naturaleza.


Tras el esfuerzo, toca dormir en una aldea perdida, Nongmogtha, me escribe en un trozo de papel mojado nuestro guía, Rambo (su nombre de guerra en la jungla, me dice). Cenamos con el frescor de la montaña una rica comida preparada por los habitantes del lugar, charlamos entre todos (alemanes, belgas, canadienses, ingleses, un brasileño y otros dos españoles), dormimos sobre unas casitas hechas de caña de bambú y al día siguiente, llegamos a la cima.


No es la que se imagina, la de la montaña. Es una cima más sentimental, la de, imagino, casi cualquier iluso. Galopamos entre árboles y surcando las aguas de un río sobre el animal sagrado, el elefante, “chang”, como ellos los llaman. Volamos despiertos sobre su ruda pero enternecedora piel. Tocamos la grandeza de la naturaleza a su lado.

En Chiang Mai, 8 y 9 de julio.

martes, 20 de agosto de 2013

Día 7: Chiang Mai, la capital del norte

Anoché me acosté escuchando la “Macarena” de Los del Río, que sonaba en el coche cafetería del tren cama que nos llevaba de Ayutthaya a Chiang Mai. Después de eso, que no era una mala pesadilla, dormí plácidamente hasta llegar a las 8 de la mañana a la capital del norte.





La ecuación es proporcional con respecto a Bangkok, a mayor distancia, calles más ordenadas, aceras expeditas, locales más tranquilos y menos maleados, zonas verdes… en resumen, un buen lugar para pasar unos días. Nosotros lo haremos con un plan muy completo teniendo nuestro cuartel general en Panda House, un hostal humilde pero regentado por una familia de lo más acogedora.



Hoy, por cierto, es domingo en Chiang Mai, día grande. Es el momento de montar en el casco antiguo, que está separado por un perímetro de restos de muralla, el mercado dominical. No soy de mercados, ya lo sabéis,  pero es verdad que éste me ha entretenido más tiempo de lo habitual. Merece la pena darse una vuelta para descubrir artesanía, buenos puestos de comida callejera y rarezas varias. Entre tantos, no dejen de pasarse por el puesto que tienen los amigos del “proyecto de ayuda a personas con discapacidad”. Os ayudará a entender mejor como es la mala vida y sus dificultades de estas personas en los países en vía de desarrollo.



Antes también vimos templos, por supuesto, unos pescaditos se comieron nuestros pies y comimos el que dicen que es el mejor curry de la ciudad, el del Aroon Rai. Desde 1957 poniéndole picante a la vida…





En Chiang Mai a 7 de julio de 2013