jueves, 16 de diciembre de 2010

Día 2: Caminos de polvo, sudor y lágrimas (hacía Bahar Dar)

Suena el despertador. Son las 04:50 a.m. Tal vez una hora indecente en Europa, pero no aquí. La mayoría duerme, pero varios corren, juegan, apuran los últimos sorbos de vaso largo o preparan su equipaje para marcharse a otro lugar. Es mi caso, mi próximo destino: Bahar Dar. Antes de llegar me esperan muchas horas de camino (Sky bus, autobuses convencionales, 10-12 horas / 306 birrs, aproximadamente 14 euros; en minibus más baratos y menos tiempo pero mucho más incómodo). Será un camino ansiado para mí. En él me acompaña el que he querido que fuera compañero de viaje permanente, el que me conduce y escolta, Ébano, un libro de Ryszard Kapuscinsky.


Conforme dejamos atrás la capital, va floreciendo la Etiopía más cercana a la realidad de los casi 80 millones de habitantes que la pueblan. Habla Kapuscinsky, maestro de periodistas: “En medio de esas palmera y lianas…el hombre blanco aparece como un cuerpo extraño, estrafalario e incongruente. Pálido, débil, con la camisa empapada en sudor y el pelo apelmazado, no cesan de atormentarle la sed, el tedio, la sensación de impotencia. El miedo no lo abandona: teme a los mosquitos, a la ameba, a los escorpiones, a las serpientes; todo lo que se mueve lo lleva al terror, al pánico. Los del lugar, todo lo contrario: con su fuerza, gracia y aguante, se mueven con desenvoltura y naturalidad, a un ritmo que el clima y la tradición se han encargado de marcar…”. Y añade: “Y…el descubrimiento más importante: la gente. Gentes de aquí, del lugar. ¡Cómo encajan en ese paisaje, en esa luz, en ese olor! ¡Cómo se convierte el hombre y la naturaleza en una comunidad indivisible, armónica y complementaria! ¡Cómo se funden en un solo cuerpo!” No se puede describir mejor, tan solo se pueden añadir matices personales, tal como lo duro que resulta ver, dentro de esa unidad, ese paisaje, el caprichoso destino que les depara a los más pequeños para su futuro y el desagradable presente que está escrito para jóvenes y mayores.




Una parada en Debre Markos, a seis horas de Addis Abeba, es justo lo que falta para confirmar que los efectos capitalinos perniciosos que se instalan en la población ya han desaparecido. La gente habla sin pedir nada a cambio, ofrecen una sonrisa, comparten contigo una charla, un poco de injera. Precisamente en uno de sus bares conozco a una joven etiope. Hablamos de Bahar Dar, de la gastronomía o la cultura africana mientras bebíamos la bebida universal por antonomasia, la Coca Cola (la más barata que me he tomado en un bar, 0,20 céntimos de euro al cambio).

En el autobús el negro predomina sobre el blanco: dos alemanes, un noruego, dos israelitas y un español. Parece un chiste… más de diez horas después llegamos a Bahar Dar, que en lengua amarían significa “a la orilla del mar”, la capital de la región de Amara y punto de partida de variadas y estupendas visitas. Pero antes de todo esto, hay que buscar alojamiento. Para ello me alió con Björk, mi otro compañero de viaje en el autobús.



Es de un pueblo cercano a Oslo y ha pasado buena parte de su vida viajando de aquí para allá, de hecho más de 80 países lo atestiguan. Su caso, es el claro ejemplo en el que se pone de manifiesto que querer es poder. Él derriba todos los mitos del viajero yupi o multimillonario. Estudió para chef, pero eso no fue suficiente. Entró a trabajar en una empresa informática y, no sin esfuerzo, fue ascendiendo. Para viajar, a pesar de tener un buen sueldo (más de 3.000 euros), tiene que hacer horas extras en un taxi de un amigo en verano. Todo por descubrir nuevos países, nuevas culturas, nuevas gentes.



No va a ser fácil, hoy es fiesta, se celebra el 30 aniversario de todavía no sé bien que efeméride. Todos los hoteles, hostales y pensiones del pueblo (probamos en más de una docena) están llenos de locales llegados desde distintos puntos del país. Nuestra última oportunidad es negociar con el manager del Ghion Hotel (una de las principales cadenas hotelera y turísticas en Etiopía), un precioso alojamiento a orillas del Lago Tana. Hasta tres horas de incertidumbre tuvimos que aguardar con paciencia y en silencio. La respuesta: “no hay habitaciones disponibles”. Eran más de la ocho de la tarde, noche cerrada ya. La única solución que nos daban era colocar dos camas en el salón de conferencias y cobrarnos 50 birrs (aproximadamente 2 euros al cambio) por pasar la noche. Realmente no era mala idea, y así acabamos: durmiendo bajo una alargada mesa de reuniones, en un catre dispuesto en el suelo y admirando fuegos artificiales que ponían el colofón al 3º aniversario de no sé qué. Tres colores para alumbrar el cielo, los mismos que los de la enseña nacional; verde, que representa la fertilidad, el amarillo que significa libertad religiosa y el rojo, por los mártires y los héroes.

Aun faltaría, en torno a las tres de la madrugada, para completar el surrealismo de la noche, la llamada al rezo para la población musulmana (45 % de la población). No hay horas en el día…

En Bahar Dar, a 20 de noviembre de 2010.

martes, 14 de diciembre de 2010

Día 1: Aterrizando en África, conociendo Etiopía (2/2)



Mi ayudante, de nombre impronunciable, cuerpo menudo, brazos flacos, bigotillo, perilla y amplia sonrisa, me habla de lo que el gobierno llama democracia cuando debería decir dictadura; también me cuenta, y por un momento me lo creo, estudia derecho, aunque el único título que posee por el momento es el de la universidad de la calle. Es de Gonder, al norte del país, y vino, me explica, para ir a la facultad, todo ello en un perfecto inglés.


La visita, por eso de la hora, da paso a la comida. No elijo yo, se encarga él. No acierto a decir el camino por el que me lleva ni a concretar el sitio en un mapa, un lugar a medio camino en una casa de familia humilde, un menesteroso club social y un bar chusquero; lo cierto es que era lo que quería: comer en un lugar en el que fuera el único blanco, es decir, donde van los etíopes, comer lo que ellos comen, la injera (una especie de pan plano y blando elaborado con harina fermentada de teff, un cereal local, que se calienta en un gran plato redondo sobre las ascuas y se acompaña de carnes o purés). Para continuar con los tradicionalismos, me aconsejó sobre el uso y costumbre para con este plato que compone su dieta diaria, se come con las manos, en concreto con la derecha; se pelliza un poco de injera, se coge carne o puré, y se embadurna de salsa.



Lo hice todo como mandaba la tradición, sumándole además el consumo temporal de chat o Kath, un estimulante suave que se mastica y posteriormente se traga solo o acompañado, para evitar el amargor, junto a cacahuetes. La música que nos acompañaba era la Tedy Afro, el rey del reggae por estos lares, muy propia para el espacio donde nos encontrábamos, un recinto construido por y para rastafaris (este movimiento socio-cultural y religioso que considera al emperador de Etiopía Haile Selassie I, antes llamado el Príncipe Ras Tafari (en amárico), como la reencarnación de Cristo, tuvo sus orígenes en el país).



La factura del almuerzo me llegó a la vez que la del guía casual. Me prestó una tarjeta SIM etiope, que en principio me prestó sine die, para que a probara en mi móvil desde el frágil aprecio que a esa hora nos unía, pero pronto se tornó en obligación de compra. Poco más de siete euros al cambio que me sirven para llamar en el país y, sobre todo, para aprender. El axioma lo dice, sin riesgo, no hay aventura. Aún así, aun me queda ajustar mis parámetros occidentales a los que gastan por aquí.

La novatada ya la pagué. Ahora, cobijado entre las paredes de mi habitación, intento descansar. No hay lugar al descuido, ni tan siquiera en el sueño, pero por mi no va a quedar, voy a intentarlo.

En Addis Abeba, a 19 de noviembre de 2010.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Día 1: Aterrizando en África, conociendo Etiopía (1/2)

A las 08:25, hora local, aterrizaba en Addis Abeba, la capital de la República Federal Democrática de Etiopía, el único país africano que nunca llegó a ser colonizado. Esta característica, que no se debe pasar por alto, hace que esta nación este marcada por una multiculturalidad etnográfica muy particular que, junto al aspecto geográfico (a pesar de estar situada casi en el ecuador su altitud media es de 3.000 metros) concede a Etiopía unos rasgos marcados. Son éstas solo algunas de la razones por las que elegí este destino, además de por sus amplios y maravillosos recursos culturales y naturales, para esta aventura que quiero vivir en la soledad pretendida del viajero. Junto a ello, buscaba un destino diferente y “complicado”. En pocas horas ya me he dado cuenta que todo se cumple.



Es misión prácticamente imposible describir esta ciudad. Es África, la capital del continente, nuestra Bruselas, pero tal vez por ello, por ser centro neurálgico y estar enclavada en aquí, vive en la contradicción. Sus gentes parecen amables, pero la ley de la calle marca otro ritmo, las aceras, los caminos no existen, rasgos y etnias (Amaras, Oromas, Tigres y 77 grupos étnicos más) se mezclan en un perfecto desorden, en definitiva, nada resulta ser como se planea, nada es como parece, el aquí y ahora reina por estas tierras.

La primera lucha del día es por el visado (17 euros justos y el pasaporte preparado. Para los ciudadanos españoles no es necesario gestionarlo con anterioridad, pero de querer hacerlo hay que tramitarlo en la embajada de Etiopía en París). Tras ello, el regateo con los taxistas (nunca más de 100 birrs hasta el centro de la ciudad). Y después, la realidad, muy agria en términos económicos y sociales.

Me alojo en el Taitu (aproximadamente 14 euros la habitación con baño privado), buena recomendación de Gema (compartí Ruta Quetzal con ella en 2008) y Manuel Ruiz Rico, compañero en El Correo de Andalucía y anfitrión de mi visita). Toca ordenar y repartir el dinero y poner a salvo el pasaporte, un yugo constante en este tipo de viajes. Tras ello me toca ir a la oficina de Ethiopian Airlines a coger varios vuelos domésticos que me harán falta y un billete de autobús. He llegado con lo puesto al país y tengo que arreglar mi estancia para que sea lo más fructífera posible.

No doy dos pasos, y ya tengo a tres amigos de lo ajeno a mi lado. Al rato pierdo de vista a dos, pero uno me sigue. Sabe engatusarme como una mujer fatal a pesar de saber que la historia acabará mal aunque me empeñe en engañarme. Será mi guía improvisado en una ciudad en la que las calles no tienen letreros con sus nombres, si es que algunas los tienen, y donde el mapa occidental brilla por su ausencia: visitamos Bete Mary Church y el Mausoleo de Menelik II, el Museo arqueológico que tiene en su interior a Lucky, el esqueleto homínido que caminaba erguido más antiguo del mundo (3,5 millones de años) que se encontró en Etiopía, la Catedral de Bete Georgis, el Parlamento, el Ayuntamiento, etc.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Día 0: España, ¿el Tercer Mundo?


Siempre hay dos momentos de inflexión sobre el territorio patrio en mis viajes: antes de empezarlos, y al finalizarlos. Reflexiono sobre las bondades y defectos de nuestro país y los errores de sus ciudadanos. No hay que hacer leña del árbol caído ahora que achucha la crisis, pero tampoco mirar para otro lado o poner la otra mejilla.

El país de pandereta parece que lo dejábamos atrás, pero ahora vuelve a nuestro presente y, para colmo, a él se suman comunidades autónomas por si faltara gente a la fiesta. Algunos de estos fallos estructurales traducidos al día a día lo tuvimos que sufrir más de un centenar de pasajeros ante el abuso de una empresa, Ryanair (de nuevo), y la pasividad del órgano gubernamental competente, AENA, y el Ministerio de Fomento.



La niebla que invadió la tarde sevillana, incrustándose, milímetro a milímetro en cada palmo de la ciudad, anunciaba tragedia. Primero desviaron el vuelo a Málaga, comunicándonos que nos llevarían en autobuses a dicho aeródromo. Nunca llegarían. A las dos horas, nos anunciaron la cancelación del vuelo. No agua, no atención, no hotel, no información de AENA, no nada. En el limbo de la legalidad con la connivencia gubernamental. Tres hojas de reclamaciones, dos quejas formales y todo archivado y, por ahora, sin repuesta.

Había que huir del bucle negativo en el que se estaba convirtiendo la noche; y lo hice en taxi, en búsqueda de un hotel (no quería volver atrás, a mi casa) que pagaría, dicen ellos, los del seguro. Antonio, el taxista, me habló de lo divino y lo humano, de las deudas, los malos ratos…Tuvimos tiempo, intentamos probar suerte en siete establecimientos con mala suerte en todos ellos. Así que visto lo visto, cuando los minutos pasaron, nos dimos cuenta que hoy, 17 de noviembre, Antonio cumplía 35 años al volante. Le dije que había que celebrarlo y nos fuimos a por una cerveza.


La libertad y la democracia que dan las barras de bar hizo que el grupo de taxistas que a esa hora lo llenaban y un servidor, tomáramos nuestros escaños para pasar revista a la actualidad. Con el trabajo hecho, probamos en el penúltimo hotel. No hubo suerte. Por fin, al filo de las tres y media de la madrugada, coloqué mis posaderas en la cama de un pequeño hotel de la plaza Carmen Benítez de Sevilla.

El vuelo para Etiopía sale mañana jueves a las 20:30 horas desde Londres Heathrow. Ahora, con el cambio, el mío llega a Londres Gatwick a las 16 horas. La incertidumbre de los cambios hace que dormir sea un ir y venir.


Aunque pueda parecer irreal, a la mañana siguiente Ryanair consiguió llevarnos a Londres, 18 horas después, eso sí. Lluvia, niebla, frío, nada extraño. Cojo el único autobús que enlaza Gatwick con Heathrow (National Express, 21,50 pounds, aproximadamente una hora). Todavía no soy consciente que comienza la aventura, o mejor dicho, ya ha empezado. He tenido tiempo para pensarlo, y no lo he hecho, pero la caprichosa mente me mandó un recado cuando me marchaba de la redacción por última vez antes de coger la mochila y los bártulos. Un pellizco en el alma que dice que la experiencia marcará.

En el vuelo regular de Ethiopian Airline (compañía de bandera del país, la más recomendable, ya que si vuelas con ella una vez en Etiopía puedes comprar vuelos domésticos con descuentos, además de ser una de las más económicas que operan a este destino) viajan deseos, inquietudes y muchas ganas. Tiempo después, un sueño se cumple.

Entre el aeropuerto de Sevilla y el de Londres, 17 y 18 de noviembre de 2010.

jueves, 14 de octubre de 2010

Día 5: Brindis por Menorca y su 'Jaleo'



Se acerca el final de las vacaciones y hoy es día de ir recopilando visitas que hemos ido dejando en el tintero. Primero Torralba d´ en Salort, un antiguo poblado Talayótico (talayot es una construcción megalítica balear de pequeña cuya función era defensiva y sus orígenes se remontan se remontan a la cultura talayótica (hacía 1.400 a.C.). Tras ver las piedras del pasado, y pasar por Cala en Porter, admiramos las piedras del presente en Binibèquer, una urbanización construida en 1972, imitando un coqueto y minimalista (por el tamaño de las calles, escaleras, etc.) poblado marinero que compitiera con las mega construcciones que comenzaban a hacerse por esa época.



A la hora de comer llegamos a Mahón, epicentro por estos días de la fiesta en la isla ya que celebran las Festes de Gràcia. Un almuerzo frente al puerto, el de mayor extensión natural de Europa, en Ca´ Nito (correcto con buena relación calidad precio respecto a la competencia, pero no barato).


Y tras la comida, la fiesta. El Jaleo, como ellos llaman al momento culminante, es el punto de encuentro del caballo, animal totémico en la isla durante siglo, y el hombre. Antes de este Jaleo (los ciudadanos jalean al caballo para que eleve sus patas delanteras) es el turno de la Qualcada (desfile ecuestre), en este caso conformado por 158 jinetes de Mahón y alrededores. Abre el cortejo la fabioler, con burro ella, y tras ésta los preciosos ejemplares de raza menorquina. Para cerrar el desfile, curioso, el Caixer Capela, el cura a caballo, y el Caixer Batle, Viçen Tur, alcalde de la villa, que en una pequeña conversación mantenida con él, me aseguró que lo saber montar a caballo no iba en el cargo de regidor, hay que aprenderlo, decía, por tú cuenta y, sobre todo, riesgo. Y por último, para brindar por estas fiestas y estos días, nada mejor que un buen vaso granizado de pomada. Ya saben, Gin Xoriguer y limón.



En Menorca, a 7 de septiembre.

lunes, 11 de octubre de 2010

Día 4: Arena, sal y barros

Si el primer día estuvimos en el cabo de Cavallería, hoy hemos ha vuelto a estar muy cerquita., en la playa que recibe el mismo nombre. Conocida y reconocida, en esta ocasión, y por ser septiembre, no estaba repleta, pero la belleza singular y sus barros, le hacen ser una de las preferidas del norte. Como buen hijo de vecino, fui con mi hermano y mi madre a trasformarnos en beduinos. No fue lo único, también disfrutamos de los fondos marinos y sus pescaditos.



Tras la siesta, siempre debe haber, aunque sea en un viaje, pusimos rumbo al punto más alto de la isla, el monte Toro, (361,6 metro). En su cima se encuentra el Santuario de la Mare de Deu de Toro (no había conocido antes una virgen con esta advocación), patrona de Menorca. Cuenta la leyenda que fue encontrada en el siglo XIII por unos monjes que vieron a un toro parado frente a un resplandor. El remate, desde este punto, es ver esconderse el sol tras los huertos, los prados y los bosques que mueren en el mar. Lo intentamos, pero las nubes este día no nos dejan.



Antes de llegar a Es Mercadal, un pintoresco pueblo que se encuentra equidistante entre Mahón y Ciutadella para reparar fuerzas visitamos Santa Galdana, una urbanización al estilo levantino cutre pero situado junto al majestuoso barranco d´ Algendar. Todo lo hermoso del paisaje se lo cargan los luminosos y moles de hormigón que lo rodean. Una lástima, pero por suerte, de las pocas excepciones de la isla.



En Menorca, a 6 de septiembre.

jueves, 7 de octubre de 2010

Día 3: Navegando por el sur de Menorca

El agua es el denominador común de toda isla que se precie, y hoy pretendíamos hacer uso de ella durante toda la jornada. Sobre ella fuimos navegando en un barco preparado para la ocasión que sale desde Ciutadella (hay dos empresas que realizan excursiones, Menorca Blava, la que elegimos creo con acierto, y Fiesta. Parten a las 10 horas, con regreso a las 17 horas, e incluyen paella y bebida, y en ambos casos el precio es de 40 euros).


Lo primero que pudimos ver es el cabo Artrutx, el punto más cercano de la pequeña isla respecto a su hermana mayor, Mallorca. Después observamos acantilados, a lo lejos playas de arena fina y como no, el agua, el gran protagonista, en todas las tonalidades, azul, celeste, turquesa…



Y para disfrutar del líquido elemento, realizamos el primer atraque en la playa de Son Saura. Si no están acostumbrados a estos colores, como nosotros, pasarán la mitad de la parada haciendo infinitas fotos y recogiéndose la baba, la otra mitad, en bañarse. Después de la rica paella, y tras dejar a un lado los bosques de pinos que se mimetizan a la perfección con la línea de costa, llegamos a Cala en Turqueta y a la “joya de la corona”, como conocen por aquí a Macarella (más famosa ahora si cabe gracias al anuncio de Estrella Damm rodado en este cala – Mediterráneo-). Son muy similares, una, la primera, más tranquila, la otra, la segunda, más ajetreada.



Para terminar el día acabamos en Fornells, a en el norte, a diez kilómetros de nuestro hogar menorquín. Obligatoriamente hay que dar un paseo por su puerto, visitar la torre, sobre todo por las vistas que se divisan desde ese punto, y si el bolsillo se lo permite, probar una caldereta en uno de los sitios recomendados por casi todas las guías de viajes. Como ya lo habíamos probado nos fuimos a una gran terraza, la que tenemos en caa y allí el menú fue pizza, ensalada y fruta. Y las vistas, en este caso, inmejorables.



En Menorca, a 5 de septiembre.

lunes, 4 de octubre de 2010

Día 2: Encontré el paraíso, se llama Cala Pregonda


En nuestra agenda imaginaria, poco precisa y flexible por eso de ser tiempo de descanso, hoy habíamos apuntado “día de playa”. Menorca tiene más de 100 playas y calas a lo largo de su amplio litoral, muy turísticas, vírgenes pero turísticas y, casi ninguna, virgen y desconocida, a pesar de que, por suerte, para acceder a ellas hay que hacerlo a pie, en bici, en barco o en caballo.


En el norte, a un paseo de unos treinta minutos de Binimel-lá, está la cala, de nombre Pregonda que recibe de un pequeño montículo de tierra que se asemeja a un monje rezando. Al lado, al este, esta la playa, y a su derecha, mirando al mar, la cala. Las dos son de arena gruesa, aguas cristalinas y alguna roca con un bonito fondo marino para entretenerse buceando. Pero si esto es ya de por si una maravilla, la composición se completa con el entorno de pequeñas montañas salteadas de pinos que hay que atravesar para llegar hasta allí por un antiguo camino de caballos. Como me dijo un amigo catalán que viene mucho por esta tierra: “es un paisaje de otro planeta”.


Después del perceptivo baño de agua dulce, primero en la piscina y, luego, en la ducha, nos dirigimos a Ciutadella, la segunda ciudad más importante de la isla, situada al oeste de la misma. Hasta la llegada de los ingleses, si no recuerdo mal allá por el siglo XVIII, Ciutadella fue capital en detrimento de la actual Mahón. El pequeño pueblo marinero es resultón a primera vista, enamora. Por un lado el puerto y sus atraques, que se sitúan casi en el centro de la villa; por otro los restos de muralla; en otra parte, bien colocado, el ayuntamiento y la desproporcionada catedral; súmenle a eso un bullicio controlado por sus calles, pequeños detalles que no deben dejar escapar (la edificación y los remates al estilo menorquín, en pomos, ventanas y puertas, la cabra de la Legión en una columna antes de llegar a la plaza Nueva, los arcos encalados que conforman los soportales, etc.) Y para quien guste, tiendas a docenas, vendiendo abarcas. Para comer, si tienen paciencia, y algún fondo en la cartera, el Baleares. Una opción más económica y con buena calidad precio es el Tritón.

En Menorca, a 4 de septiembre de 2010.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Día 1: La luz que guía

Cuando uno se despierta escuchando las olas del mar, entre el sueño y la realidad parece no haber distancias. Nuestro alojamiento durante estos días, Casa Iris, en Arenas d´ en Castell, goza de esa inmensa suerte. Una gran terraza ofrece unas inmejorables vistas, eso de día, de noche, el espectáculo de las estrellas y la luz tenue e intermitente del faro de Favaritx, recrea la magia en este rinconcito del norte de la Isla. Nada más ver esa luz e imaginar naufragios, noches en vela del farero, y tantas y tantas historias que acompañan a estas edificaciones, quise acercarme a ella, al origen de todo.


Por la mañana, antes de visitar el faro de Favaritx, hicimos una parada en otro, el de Cavallería. Éste está situado en el cabo del mismo nombre. Sus vistas recrean bien el paisaje del norte de Menorca: montes ondulados completos de manzanilla, carrizo, etc e hileras de piedras afiladas por la erosión y la acción del mar. Es fácil relajarse con este paisaje; bueno, a no ser que uno se meta en una cueva que hay a la izquierda del faro mirando al mar, que desemboca en una pequeña ventana con vistas al horizonte. ¡Coño! Es lo primero que te sale al verlo, siendo gráfico y con perdón de la expresión, así que queda bautizado el elemento como la Cueva del coño, dixi.


Las distancias en la Isla no son muy grandes (no más de 50 kilómetros entre Mahón y Ciutadella, las ciudades principales más equidistantes) y a da tiempo, antes de comerse una auténtica calderería de langosta, a ver Na Macaret, un pueblo que tiene como plaza mayor una playa. Y después, lo dicho; en Cap Roig, un magnífico restaurante situado en Cala Mesquida, nos sacaron la langosta que más tarde saborearíamos en este plato elaborado con un sofrito de cebolla, tomate, ajo, perejil y el manjar marino. No digo yo que cuando la langosta abundaba el plato no fuera un guiso típico, pero ahora, por el precio, ya se ha pasado tres pueblos, y una sopa, que al fin y al cabo es lo que es, por mucha seda que se ponga, no puede costar eso (el precio de la langosta está 150 euros aproximadamente y para hacer una caldereta para cuatro es necesaria por lo menos una de un kilo). A pesar de ello, si quieren darse un capricho, vayan a este rincón culinario, parada obligada de las familias menorquinas los fines de semana y días de fiesta.


La tarde la empleamos en ver la antigua prisión de La Mola, Es Grau y el resto del Parque Natural de s´Albufera des Grau y Cabo de Favaritx. Precisamente en este cabo está el faro que recibe el mismo nombre. La soledad del paisaje, el suelo de pizarra y la luz fanal, le dan a este espacio un aurea distinta. Las horas pasan de otra manera a este lado del Mediterráneo.



Y para ir terminando, una fugaz visita a Es Mercadal para disfrutar de los dulces que despachan en Cas Sucrer, la más reconocida pastelería (ya totalmente industrializada) de la Isla.

En Menorca, a 3 de septiembre de 2010.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Día 0: Volando a lo que dicen es el paraíso

Ya hace unos años que no viajaba con la familia. Lo que cada verano habíamos instaurado como sana y agradable costumbre, hacer un viaje por España, los compromisos y el trabajo fueron dando al traste con ello. Pero este año he retraso mi descanso estival y, una vez conocido el destino, Menorca, no podía negarme ni un solo segundo.

Para llegar a la Isla, reserva de la Biosfera por la UNESCO desde 1993, se puede usar las múltiples conexiones aéreas de decenas de aeropuertos españoles o, en su defecto, el barco. La que mejor relación calidad/precio ofrece es Vueling. Como siempre, si desde donde sale es el sur de España, las cosas se complican. Lo mejor, en este caso, es enlazar con Madrid, Barcelona o Mallorca.


Sea como sea, los días en Menorca apuntan alto, a pesar de que las multinacionales se empeñen en fastidiarlo. Primero, en la mañana, Vodafone, con la que ando liada desde hace un par de meses por sus abusos y fallos reiterados en las facturas, después con Ryanair (vuelo Sevilla-Barcelona y vuelta) con sus estrictas medidas que ya todos conocemos y su esperpento continuo antes, durante y después de volar; y por último, para rematara, la empresa de alquiler de coches Hertz, que nos cobró, a la llegada al aeropuerto de Mahón, con nocturnidad y alevosía, un extra de 40 euros por llegar fuera del horario de oficina a pesar de ser una causa ajena a nuestra voluntad por la demora en el horario previsto del avión en el que viajábamos. Al robo a mano armada le han puesto de título “tasa extra de horario”. Estos ladrones, los de las empresas multinacionales, van a cara descubierta y delinquen sin vergüenza alguna. Se lo advierto, ¡tengan cuidado!

En Menorca, a 2 de septiembre de 2010.